
La segunda pregunta de cualquier llamada, justo detrás del importe, es siempre la misma: cuánto vais a tardar. Y tiene una respuesta útil, aunque no sea un número suelto. Un vaciado industrial no es un bloque compacto de días iguales: es una secuencia de tramos con ritmos muy distintos, y saber cómo se reparten permite a un titular encajar la entrega con la fecha que tiene firmada. Tomemos como ejemplo una fábrica ilicitana de tamaño medio, dos mil metros en planta con entreplanta de oficinas, corte, aparado, montado, acabado y almacén.
La jornada cero, la que ocurre antes de que llegue nadie
Antes del primer camión hay un día de trabajo que no se ve. Ahí se cierra la lista de contenedores y su ubicación, se pide la reserva de espacio en el vial si hace falta, se confirma la franja horaria con el polígono o con la propiedad, se comprueba que siguen disponibles corriente y agua, se reserva la plataforma elevadora para los días exactos en que se va a usar y se avisa a las empresas acreditadas que van a recibir las partidas señaladas.
Cuando ese día se salta, aparece el atasco clásico: equipo dentro de la nave esperando un contenedor que llega a media mañana. Preparar es barato; improvisar sale caro.
Los primeros días: lo que tiene titular y lo que llena el almacén
El arranque tiene dos frentes simultáneos. Uno es el recuento del material que pertenece a las marcas para las que se fabricaba, que exige identificar por referencia, agrupar por serie y fotografiar. Es un trabajo de paciencia: en una fábrica de este tamaño puede llevar entre uno y dos días completos, y conviene hacerlo con alguien de la casa al lado, porque nadie conoce mejor las estanterías del fondo.
El otro frente es el almacén, que se despeja primero por una razón puramente física: cada metro liberado se convierte en espacio de maniobra para lo que viene después. Suelen ser de dos a cuatro jornadas, según cuántas estanterías haya y cuánto material quede en ellas.
El bloque central: las líneas de fabricación
Con el almacén fuera, empieza la parte que la gente imagina cuando piensa en un vaciado. La zona de corte se resuelve rápido: mesas, troqueladoras y cajas de utillaje salen en un día. La sala de aparado, con sus cabezas, sus mesas y su cableado, ocupa otra jornada larga. El montado es el tramo lento: cinta, horno, cardadora con su aspiración, prensa y máquinas de puntas y talones pueden llevar de dos a tres días, porque cada equipo se desconecta, se libera y se baja de manera individual.
Si hay inyección, se cuenta aparte. Una inyectora con su foso, su periferia y su instalación auxiliar es prácticamente un trabajo dentro del trabajo, y su cálculo depende del peso y de la altura del portón por el que tiene que salir.
La entreplanta y la oficina se dejan para el final
Muestrarios, patrones, mobiliario, equipos informáticos y archivo bajan cuando la planta está despejada y hay sitio para clasificar sin pisarse. Es un tramo de una a dos jornadas que casi siempre incluye un rato de decisiones del titular, porque es donde aparecen las cosas con valor personal y los documentos que hay que conservar. Reservar ese tiempo dentro del calendario evita que la última semana se convierta en una carrera.
Las jornadas de limpieza que casi nadie prevé
Con la nave vacía queda un trabajo que en el calzado tiene entidad propia. El polvo de cardado se acumula en la aspiración, en los conductos y en los filtros, y hay que aspirarlo en lugar de barrerlo para que no vuelva a posarse. Las mesas y el suelo de la zona de pegado piden desengrasado. Los fosos, las canaletas y las arquetas se abren y se limpian. Y las zonas altas, vigas y luminarias incluidas, se repasan porque es justo donde mira quien viene a ver la nave con intención de alquilarla.
En una fábrica de dos mil metros, ese bloque son dos o tres jornadas, y es el que más nota la propiedad el día de la visita.
La solera necesita su tiempo de fraguado
El último tramo técnico es la restitución. Los cráteres de las bancadas se pican, se sanean y se rellenan, y el mortero necesita horas para endurecer antes de que nadie camine encima. Ese detalle tiene consecuencia directa en la agenda: la visita de aceptación se fija con margen, nunca la misma tarde en que se ha reparado el suelo. Contarlo desde el principio evita el disgusto de tener a la propiedad en la puerta con el pavimento todavía tierno.
Lo que estira un calendario y lo que lo comprime
Estira: un solo portón por el que entra y sale todo, suministros dados de baja antes de tiempo, decisiones pendientes sobre qué se conserva, lluvia en naves con patio de tierra, y ventanas horarias muy estrechas en polígonos con mucha carga. Comprime: tener el material de la marca ya identificado, disponer de dos puntos de carga, contar con espacio exterior para acopio y haber decidido de antemano qué viaja a la nueva ubicación.
Planificar desde el día de la firma hacia el primero
La forma sensata de planificar es empezar por la fecha en que hay que entregar y retroceder: día de firma, margen de fraguado, limpieza técnica, oficina y entreplanta, líneas, almacén, recuento del material ajeno y jornada cero. Cuando ese recorrido cabe con holgura, se fija. Cuando queda justo, es mejor saberlo antes de firmar que descubrirlo a mitad de trabajo, porque a veces la solución es tan simple como añadir un equipo o abrir un segundo punto de carga.